miércoles, 23 de julio de 2014

De piropos, acosos, cosificación y libertades. Superficies de Placer

De piropos, acosos, cosificación y libertades. Superficies de Placer
“En el fondo, a todas las mujeres les gusta que les digan piropos. A las que dicen que no, que me ofende, no les creo nada. Porque no hay nada más lindo que te digan: ‘Qué linda sos’. Por más que te digan alguna grosería, como ‘qué lindo culo tenés’. Está todo bien”.
Jefe de gobierno de la Ciudad de Buenos Aires Mauricio Macri
Diario La Nación, 22 de abril de 2014.
por Agustina Paz Frontera
H: ¿sos feminista?
M: sí
H: ¿y ya te hiciste lesbiana?
M: no entiendo…
H: lesbiana…jajaj…las feministas son todas tortas…
M: no, lo que no entiendo es el lenguaje de los monos…
H: porque ya te olvidaste de la banana
M: no, la tengo en la cartera
H: ah, ¿te gusta solita?
M: me gusta de cualquier manera
H: ¡ah! ¡qué puta!
M: no, lo hago gratuitamente
H: entonces, ¿vamos a casa?
M: ¿no era que me hice lesbiana?
H: vamos… ¡me hice gay!
M: MISIÓN CUMPLIDA
Este pequeño diálogo imaginario, aunque verosímil para los tiempos que corren, condensa un plan que sin paz estamos poniendo a prueba. Apoyadas en la sospecha de la liberación sexual de los 60s, apostamos a una regresión a la sexualidad de todos y todas. Volver al cuerpo. Dejar que el cuerpo hable con libertad.
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En esta odisea sexo-afectiva, un golpe de realidad nos da asco y desmorona. Los varones, privilegiados organizadores de la vida social, hacen con sus atribuciones un desastre. La pequeña libertad que tienen (“pequeña”, porque sabemos que ellos tampoco andan como desnudos prehistóricos cruzándose como animales, descansando en estanques y pasándola bomba) la usan (no todos, pero muchos) para cagarnos la vida a nosotras. El privilegio que tienen de expresar abiertamente la inclinación de su libido, de su deseo, la usan de una manera tan torpe que acaban solos. En el abc indestructible del capitalismo, que ha podrido todo con la propiedad privada de los cuerpos deseables, la máxima machista es “Porque te quiero, te aporreo”. Y así es en el caso del piropo, esa gambeta verbal popular, que no distingue clase ni nacionalidad, todo un género en sí mismo. Habría que ver qué vino antes, si el cuidado por la moral pública de la mujer o ese desbarajuste de paladar que es el piropo. A principios del siglo pasado, en 1906, Ramón Falcón, jefe de policía, dictó una ordenanza que limitaba el uso en la vía pública de expresiones que pudieran ofender la moral de las personas. Así mismo cuando el sanguinario policía prohibía la libre expresión creaba en torno al piropo un regusto transgresor, que ubica a la mujer como víctima paliducha, de escaso calor, y al varón como portentoso rebelde, siempre arriba, presto incluso a zanjar las redes policiales para poder cantarle a una mujer que ella es cosa y él es quien dictamina qué tipo de cosa.
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Nos ofenden los piropos, nos molestan, aun los dulces, los que se escapan con ternura, nos sonrojan a punto grito de auxilio. El tema ha tomado tanta visibilidad que incluso la campaña en facebook -que con tino sugería: “Si te incomoda leerlo, imaginate escucharlo, todos los días, cada vez que salís a la calle”- fue tapa de unos de los principales diarios porteños (http://www.pagina12.com.ar/diario/principal/index-2014-04-27.html). Hace unos años desembarcó en Buenos Aires el movimiento Hollaback! (http://buenosaires.ihollaback.org), que se funda en la premisa de que el acoso callejero es una de las formas más extendidas de la violencia de género. En su página se publican cientos de denuncias anónimas y personales de acosos verbales callejeros sucedidos en el país.
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¿Qué hay en nosotras que no resiste el silbido pírrico? ¿hay una memoria del género que sabe que primero te chistan y después te tapan la boca, te esconden, te violentan? ¿hay una construcción del pudor que es funcional al machismo? Hay quienes dicen que todo piropo es acoso. Hay quienes opinan que pensar así es tirar el agua con el niño adentro. La experiencia de mujer en primera persona y en cualquier lugar del mundo demuestra que esa actividad que se produce alrededor nuestro cuando caminamos por la calle encierra violencia. Que son más los momentos que nos dan inseguridad y terror que los que nos coquetean el ego. Los varones dicen que es un folklore, que a veces se les escapa ante un despliegue femenino estelar. Mi psicólogo dice que la mayoría de los piropos son vertidos con la finalidad dominante de gustarles a los otros varones. Lo cierto es que muy pocas veces ese desprendimiento palabrístico termina en una cita, en una cama, en una charla. ¿Porque las mujeres somos histéricas? ¿No será al revés? ¿O será que puede nutrirse el ambiente de erotismo sin necesidad de pasar al cuerpo?
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El término cosificar se ha hecho famoso hace poco tiempo en la televisión. A medida que las mujeres vamos ocupando nuevos lugares, nuestros puntos de vista logran visibilizarse. Así, “cosificar” viene a designar esa operación por la cual el cuerpo de la mujer es tomado como una cosa hueca y carente de propiedades, salvo la de ser un ente pasivo para proporcionar placer al varón. Se cosifica cuando se recorta el cuerpo y se dejan las tetas en la tapa de la revista. Cuando la cámara de Tinelli no deja de serrucharle el traste a la vedette. Entonces esa mujer vale por lo que su cuerpo excita. Luego, nada más de ella es válido. Una es cosificada cuando en la calle un señor se acerca y cerca del pelo le susurra planes para sus genitales. Parecería haber en esa parálisis y recorte que se hace del cuerpo femenino una violencia. A la mujer se la requiere muertita, para que el varón penetre, saque, diga, compre. Y allí hay violencia, aunque no se llegue a los clásicos “te mato”, “te parto”, “te hago mierda”. Ahora, ¿cómo sería posible la aventura de intentar cumplir el deseo sin que esa operación esté revestida de una carga violenta? ¿Cómo podría un varón, una mujer, desear a otro u otra sin considerar el cuerpo ajeno como una cosa descomunal o paradisíaca? ¿Cómo sería posible desear sin cosificar?
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La mujer más famosa del mundo sabe de esto como nadie. No hablamos de una estrella del espectáculo. Ni de la política. No sale en los diarios. Es la mujer que ha copulado con un espíritu, un no-cuerpo, la mujer que tuvo sexo sin goce, paradigma absoluto de la cara de buenita, madre devota: la virgen María. Esta mujer representa una condición para nuestro género, la mujer buena que no desea y menos aún podrá cosificar. La mujer buena reserva su cuerpo para la reproducción (a la que accede, gracias a Dios, sin ensuciarse). Paradójicamente, esta mujer lívida, tapada hasta los dientes y siempre parada, es la antítesis de La Xipolitakis pero a la vez su natural predecesora. Mujeres dispuestas. Nunca arrojadas, preparadas a recibir. Sostenidas nosotras por estos dos modelos, apenas podemos balbucear nuestro deseo. Si lo hacemos, entramos rápidamente en el estatus de la mujer pública. Así las cosas, es esperable que una vez que podamos decir algo lo hagamos en grupo, como los obreros de la construcción, como las adolescentes desbocadas en un trencito de despedida de soltera, que se olvidan de que en realidad tienen 30 años. Juntas somos más, colectivizamos el deseo, así podemos mejor, nosotras las que hace añares somos calladas. Esta vez le tocó a Lavezzi: el potro, el toro, el camión Lavezzi. Chicas de todo el país gritan en facebook todo lo que no se animan en la calle. ¿Para qué, para cosificar? Sí, para calentarse con él. Para responder con erotismo violento, sí, lo que tenemos que callar en la calle: por el acosador, el que persigue, el jefe pelotudo, el dictador de la belleza, el que no nos quiere por gordas, el que violó a la amiga, el que nos dijo putas, lindas, me caso, te mato. Como sea, para responder y proponer. Si el universo enloqueciera y las mujeres dobláramos en fuerza a los varones, ahora que cosificamos y gritamos quiero sexo, ¿violaríamos? ¿pagaríamos por sexo con varones esclavizados? ¿acosaríamos en la calle a nenes de 12 con uniforme?
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Una mujer liberada emana un mundo liberado, va de la mano de la supresión de la opresión arbitraria y la instauración de una “normalidad”. Sin opresión y sin normalidad las superficies de placer se amplían. Confiemos en que una mujer liberada no cometerá los mismos errores que sus amigos varones. Incluso al más recalcitrante aparato machista de reproducción automática del patriarcado capitalista, le conviene que la mujer quiera y lo diga. Hay machismo en que la mujer no pueda piropear, en que nuestra actividad sexual esté condenada al secreto y apartada de la vida cotidiana. El panorama es fecundo: ¿cómo podemos en este contexto de violencia creciente contra la mujer, señalar el acoso y responder el piropo, denunciar el maltrato pero no temer? Es un desafío del que debemos poder salir ampliando las libertades y no cerrando cada vez más los espacios de divulgación del deseo, abriendo a lo indeterminado y no abonando secretamente a la penalización de lo obsceno (¿qué hacemos con los piropeadores, volvemos al edicto de Falcón?). Usar el recuerdo de aquella potencia que casi nos hace bien en el despertar postdictatorial, podría inspirar, ¿a dónde quedó el desenfado pulsional de los 80s? Quedó en canción:
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Toda mi pasión se elevará
viéndote actuar
tan sugerente
lejos de sufrir mi soledad
uso mi flash
capto impresiones.
Me adueño así
superficies de placer
dejo crecer
mi tremenda timidez.
Gozo entregándote al sol
dándote un rol
ambivalente.
Puedo espiar sin discreción
como un voyeur en vacaciones.
Me adueño así
superficies de placer
dejo crecer
mi tremenda timidez.
(“Superficies de placer”, Virus; Julio Moura, Roberto Jacoby, Federico Moura; 1987)

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